miércoles, diciembre 13, 2006

Nunca más otro Pinochet

Por Sebastián Mantilla Baca


Sombra de la sombra, solitaria tu alma deambula. Ensordecida de gritos te veo, de vidas mutiladas, a fuerza de fuego escarlata. Pájaros negros salen a tu paso, en medio de grises y oscuros parajes. Ellos son como tú. Ya no cantan, no despiertan con el amanecer. Tampoco se purifican con la claridad del rocío. Han sido confinados al mundo de las tinieblas. Con ellos tendrás que penar, el horror de vidas humanas segadas. Nunca más otro Pinochet.

El ex dictador chileno y senador vitalicio, Augusto Pinochet, murió el domingo pasado en la ciudad de Santiago a la edad de 91 años. Con su desaparición se cierra una de las páginas más nefastas y penosas de la historia política de América Latina.

Pinochet llegó al poder un 11 de septiembre de 1973 a través de un golpe de Estado encabezado por él y otros oficiales de las fuerzas armadas. Fruto de ello fue asesinado el presidente izquierdista Salvador Allende. Pasados los años, todavía está presente en la memoria de muchos el papel desempeñado por el gobierno estadounidense.

En plena guerra fría, la expansión del comunismo alrededor del orbe y de América Latina había que frenarlo de cualquier manera.

El ex dictador impuso un régimen férreo y extremadamente duro. No tuvo ningún escrúpulo para acallar las voces disidentes a través de torturas, desaparición de personas y fusilamientos. Según datos del informe Rettig, durante los 17 años (1973-1990) que se mantuvo en el poder se registraron 3197 víctimas, de las cuales, 1192 permanecen como desaparecidas.

Resulta contradictorio que pese al avance y consolidación de la democracia en Chile, Augusto Pinochet no haya cumplido pena condenatoria alguna por los asesinatos y desapariciones ocurridos durante su gobierno. Más bien, es fuera de Chile que la justicia si actuó. El 17 de octubre de 1998 fue retenido en Londres por un proceso que le siguió el del juez español Baltasar Garzón. Allí permaneció 503 días. La intención fue extraditarlo a España para juzgarlo por cargos de terrorismo, genocidio y torturas infringidos contra ciudadanos españoles durante la dictadura. Todo ello se diluyó por efectos de la influencia que Pinochet mantenía aún en Chile. Como ha dicho Mario Benedetti, en una especie de triste consuelo, ha sucedido que “la muerte le ganó a la justicia”.

Al menos, la actual presidenta de Chile, Michelle Bachelet, ha actuado con ponderación. Hubiera sido realmente preocupante si decretase ‘funerales de Estado’ para el ex dictador. No obstante, aunque Bachellet haga énfasis en la necesidad de fortalecer el ‘reencuentro’ de todos los chilenos en torno a un tema tan delicado como la dictadura de Pinochet, debería ponerse mayor énfasis para que los homicidios, desapariciones y torturas no queden en la impunidad.

La importancia de un sistema democrático no solo reside en garantizar a la población condiciones de vida aceptables, crecimiento económico, etc., sino también que la ley se cumpla. Eso implica que los abusos, la tortura y el homicidio desde las instancias del poder sean sancionadas con el rigor de la Ley.

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