martes, septiembre 19, 2006

La noche es propicia

Si no estuvieras tú en esa claridad de la resaca, no habría salido yo de las sombras de este bar para ofrecerte mi brazo y mi compañía, y mi sudor, mi humo y mi suave sonrisa. Querías llegar conmigo al reino del esplendor, y llegamos de puntillas a besarnos los labios. Desde la ventana de aquel cuarto alquilado, saludaste tu ausencia en casa. Te estremeciste. Comprendiste que la noche nos iba a ser propicia. Bebimos juntos, boca a boca, cada placer de mercurio derretido. Contamos campanadas deslumbradas por la luna, obligando al deseo a volver a mirarnos a los ojos. A lomos de palabras nunca dichas, caballos (salados) desbocados se acercaron al exceso, a la muerte y a la angustia. Sin propósito de enmienda, la mujer secó el barro primigenio. Yo me hice alfarero de tacto fino, para moldear en ti el gozo y el arrebato. Un perfume nos regaló el infinito tiempo del instante. Y la niña que jugó a la rayuela se fue al oír los pájaros. Se fue con ese incienso de jaras y una gota de ternura en los ojos, en esa delgada línea de tu mirada deslumbrada por un nuevo sol.

José Agustín Goytisolo



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